Música en Comunidad, No en Soledad (Articulos)

By | 24 February, 2014

Cuando era pequeño viajamos varias veces con mi familia de vacaciones hacia “el Norte”… En realidad era hacia el “Centro Sur” de Chile, pero cuando vives en la zona Austral, todo queda hacia el Norte. Además de la playa y los paseos, algo que recuerdo como diferente de lo que hacíamos en casa era “ir a la iglesia” (el análisis semántico de esa frase errónea queda para otro artículo).

Lo que me llamó la atención de la congregación que visitábamos es que a veces el servicio se realizaba sin utilizar instrumentos musicales, o al menos no se utilizaba la guitarra. Nunca recibí una explicación convincente de por qué usar los “instrumentos musicales mundanos” algunos días y otros no.

Cuando recibí la primera guitarra eléctrica como regalo de mi padre, me enteré de otro par de prejuicios. Entre las pocas opciones de esa época elegí una imitación de Gibson SG, con dos “sacados” según yo… con dos “cuernos” según algunos que la consideraron “satánica” y que por eso no debía tocarla en las reuniones de la iglesia. Otros opinaron que no debía tocarla simplemente porque era un instrumento mundano, usado en fiestas para inducir a la carnalidad.

Así que por un tiempo seguí usando la guitarra con cuerdas de nylon en las reuniones, hasta que hubiese un poco más de tolerancia al sonido amplificado y limpio, sin efectos, de mi pecaminosa guitarra eléctrica.

Salto en el tiempo y el espacio a otra ciudad, otra congregación, durante la universidad, y el instrumento de la discordia entonces fue el bajo eléctrico. Recientemente se había recibido una guitarra eléctrica como donación y tuve el privilegio de ser el primer guitarrista luego de casi 60 años con piano solamente. Al poco tiempo surgió la posibilidad de incorporar un bajo y como no había otro bajista, nuevamente fui yo el primero en tocarlo. La única condición que me pusieron para comprarlo fue el color: “cualquiera menos negro, porque sería muy roquero”.

Similares historias de horror podrían contar algunos tecladistas que vivieron la transición del piano o el órgano a los sintetizadores. Y qué decir de los bateristas, que hasta hace poco eran escasos en las iglesias y actualmente reciben gran cantidad de “sugerencias” y “solicitudes” de diversas personalidades, sobre todo si el salón de reuniones no cuenta con una jaula transparente para mantener confinados a él/ella y su ruido de tarros.

Más al extremo, me encontré con una postura que considera totalmente impropio el uso de instrumentos musicales en las reuniones de Iglesia, obviamente con el apoyo de pasajes bíblicos irrefutables y contundentes que incluyen sólo el Nuevo Testamento (adiós Salmo 150), con énfasis en la adoración “en espíritu” en contraposición a la adoración “en la carne” que supondría el uso de instrumentos musicales.

En lo único que coincido con quienes piensan así, es que de hecho no se necesita música para adorar a Dios. Adoración y música no son sinónimos ni son términos inseparables. Por otra parte el canto sí implica la existencia de música, así que cantar como parte de la liturgia congregacional significa incorporar por lo menos la música en la experiencia corporativa. De ahí al acompañamiento instrumental hay un pequeño paso sociológico.

Supongamos que en los designios divinos estuviera una total ausencia de instrumentos musicales en la era de la Iglesia, para evitar la vanagloria y el materialismo. Me parece que tal “prohibición” no se condeciría con la amplia libertad inherente a todas las otras áreas de la vida cristiana en las que simplemente se nos da la opción de elegir. Para colmo, los instrumentos musicales reaparecen en gloria y majestad (literalmente) en el Apocalipsis. ¿Por qué justo la era de la Iglesia se quedaría sin instrumentos musicales si los tuvo Israel en el Antiguo Pacto y los tendremos nuevamente en el Cielo?

Con toda la complejidad para estar de acuerdo en cuanto a estilos y formas, sí podemos estar seguros que la música en la adoración tiene lugar en la comunidad y no en la soledad. Nunca se nos motiva a cantar en lo secreto o en la intimidad. Cuando Pablo menciona “salmos, himnos y canciones espirituales” en Efesios 5:19 y Colosenses 3:16 lo hace después de “Anímense unos a otros” y “aconséjense unos a otros”, respectivamente.

En 1 Corintios 14 la frase “cantaré con el espíritu, pero cantaré también con el entendimiento” considera en el contexto a quienes estén oyendo la expresión espiritual/racional cantada… en comunidad, no en soledad.

(Publicado originalmente en la revista Líder Juvenil)

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